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¿Qué puede pasar con el “Caso Morín?

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Hoy comienza otro juicio contra el Dr. Santiago Morín y otros imputados, en esta ocasión, por haber cometido más de 150 abortos cuya legalidad  (entre otras cosas) deberá esclarecer, probar y argumentar. Situaciones como ésta generan espectativa por su especial significación, porque en estos procesos se puede tomar el pulso a una sociedad y en mi opinión, evaluar a una civilización.

Ha habido grandes procesos históricos que han supuesto un bien colateral a la humanidad por fijar conceptos que estaban difusos, pero permanecían en las conciencias colectivas. Como el proceso de Nüremberg, en donde de la revisión de los crímenes de guerra perpetrados por los seguidores del partido nacionalsocialista alemán devino la convención de que el iuspositivismo no puede llegar a extremos judiciales en que se admita la argucia de la no penabilidad ni reconocimiento de culpa de crímenes atroces por la circunstancia de que las leyes escritas no los contemplen. La Ley Natural tomó especial relevancia y se llevó una contemplación menos pueril del concepto de iusnturalismo del que hasta entonces estaban dispuestos a otorgar la mayoría de juristas.

En definitiva, se hubo de reconocer que cuando hay un bien y hay un mal inequívocos por lo extremado, éstos deben ser contemplados en justicia, pese a que no se hayan redactado códigos de la infinitud que requeriría el vano intento de fijar por ley toda actuación humana imaginable, sumando a ella la que jamás se habría soñado. (¿Álguien pudo predecir Auswitchz o la matanza de miles de enfermos y disminuidos psíquicos?). No, no bastaba con el intento de Hammurabi, de fijar como jurisprudencia todo proceso judicial, no existía manera alguna de llegar al automatismo judicial y legislativo infalibles. Y en Nüremberg lo tuvimos claro.

Otros juicios han supuesto un ataque a la naturaleza misma de lo humano y a los logros que como humanidad hayamos podido alcanzar, como en el caso Roe Vs. Wade, que legitimó en Estados Unidos el primer aborto no penalizado, siendo tenido como estrella para orientarse en futuras decisiones, como referente y clavo ardiendo, aun antes de sentar jurisprudencia. Presentado como conflicto de intereses, se tuvo en menor el derecho fundamental a la vida de un hijo en el vientre materno. Si alguien llega a dudar de que sea fuente de todos los otros derechos humanos, en modo alguno podrá decir que no sea circunstancia de viabilidad y pragmaticidad de los mismos. Dejó el derecho de serlo, para convertirse en resolución en favor de una de las partes aun cuando la sentencia supusiera la mayor pérdida para el hijo (pena de muerte), entre circunstancias mucho menos penosas de los progenitores. Y dejó de intentarse siquiera la justicia para buscar la satisfacción de clientes, no lo que a ellos correspondiera en uso leal del bien común.

Supuso este fallo una prevaricación per se, al atribuirse los magistrados y las partes en litigio una potestad de la que no está dotado ningún mortal. Ya sin “ius”, tenemos el efecto tanático del positivismo como abrogación soberbia de quien se supone por encima de la existencia misma y capacitado para dictar todos los extremos que debe guiar a la existencia. Es la cosmogonía de la soberbia. Para mí, la antítesis del derecho y -sobre todo- de la judicatura. No cabe mayor irresponsabilidad que ésta de dictar una sentencia para la que no se obtiene la necesaria solvencia, por una simple cuestión de limitaciones humanas.

Y tenemos un doble efecto, pernicioso para todo aquello que llegue a salpicarse: Por un lado, el bien y el mal quedan sujetos de nuevo a lo codificable, a lo que está escrito. Lo hacen en detrimento de la ética y de la moral, pero con la curiosa característica de poder contravenir a nuestras conciencias sin que éstas se resientan. lo “legal” se convierte en lo aprobable y lo prohibido en lo que debemos rechazar, sin más. El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento y nuestra máxima santida va a depender de nuestra retentiva para fijar en la memoria los códigos de derecho. Pero por el otro lado, el bien y el mal lo deciden las ideologías de quienes son capaces de obtener el gobierno al precio que sea, de aquellos que califiquen las actitudes  a su gusto y necesidad, suponiéndose en todo ello una mayoría (Que es demasiado suponer) y que de ella nace el derecho, muriendo para quienes no forman parte de la misma. No importa que una ley que permite abortar a niñas sea fruto de un consenso cuya más profunda preocupación era acercar posturas para un concierto económico,  para la renovación de una cámara o la aprobación de los presupuestos generales del Estado. A quien repruebe esta actitud se le recuerdan las “reglas del juego” y se le presenta el espejismo de la “democracia”, como si este proceder tuviera algo de demócrata.

No puedo tener al resultado como nada más que como perversión y encuentro que en la misma se encuentra la clave de la situación que comenté en una entrada anterior

Sí, aquí tenemos el resultado de un juicio anterior, de aquéllos que suponen un verdadero exponente de la total alienación en que vivimos, llegando a soportar situaciones como esta. El efecto de aquella sentencia fue el de mostrar que la anestesia social impuesta por el zapaterismo ha surtido todo su efecto, que cualquier cortina de humo puede desviar nuestras atenciones, mientras dejamos pasar por delante mismo de nuestras personas un atropello histórico sin precedentes. ¿Se ha de juzagar a una persona culpable según las leyes? No importa. Se cambia, haciéndolo a la medida del encausado y aquí paz y nunca más gloria…

Poco importa ya la incongruencia total, ¿Qué más da? ¡Si ya se ha traspasado la línea de la crueldad!. Cuando se permite que una hija menor de edad aborte pese a la negativa de sus padres, no importa para nada que sea necesario el consentimiento paterno para quitarse una mancha en la piel, pero no lo pidan para quitarse al hijo de las entrañas.

Vemos en otra entrada  que Santiago Morín es persona poco dada a la honestidad, aun sin considerar sus crímenes. Basta con ver sus evasiones fiscales. ¿Espera álguien rectitud de una persona que tan poca ha mostrado en otras ocasiones?.

Bueno, pues pese a todo, debo decir que cada juicio es una oportunidad distinta  y pudiera resultar que en esta ocasión saliera a relucir la verdad, que reconocieran los imputados que su único afán era el de lucro, que queden expuestos los motivos que asisten para el reconocimiento de los derechos del nasciturus (Que por cierto, se reconocen en el C.C y el C.P.) y por la parte social, existiera el compromiso tácito colectivo de contemplar por qué existe este derecho a la vida y qué es lo que a la vida otorga tanto valor. Si pudiera darse el reescalado de derechos y deberes en la consideración de lo gestatorio, volveríamos a la proporción de lo humano.

 Como persona que soy, tengo la cualidad de querer siempre que Dios quiera lo mismo que yo y por tanto, pido a Dios que así lo quiera. Pero supongamos que nos viene todo lo contrario: Una farsa, una pantomima, un tongo, la clara y evidente burla de todas las leyes habidas y por haber… Si ese abuso se diera, (Y no tiene por qué darse, es una hipótesis argumental, en ningún modo una especulación ni un intento coactivo), tendríamos una de dos cosas: El acicate para reclamar justicia de un modo más efectivo o el merecido castigo por no hacerlo. Y a la larga, quizá lo hubiéramos de pagar con la vida de nuestros nietos.

Por Iñigo Ruiz.

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Written by barcelonavida

septiembre 14, 2012 a 1:35 am

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