Barcelona Vida

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Confianza y modelo educativo, capítulo I: Un clima de confianza

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“Educador es aquella persona que sabe sacar a la luz las cualidades de otras personas”.

 Tomo como lema de esta serie de entradas esta brillante definición, tanto porque deja claro el concepto, como por definir el estilo sencillo de su autor, Juan Valls Julià. Maestro y pedagogo por profesión -y  probada vocación- el autor reúne aquí la experiencia de toda una vida entregada a la enseñanza.

En este primer capítulo ha abordado una cuestión que a muchos se nos hace difícil, pero necesitamos tener muy clara: ¿Por dónde empezar?. Todos los que hayamos iniciado alguna novela o ensayo nos hemos encontrado con este mismo problema, no siendo pocas las veces que corregimos los primeros párrafos, parece que de ellos dependa el éxito de la narración. Y todos los que hayamos tomado un primer contacto con niños a los que pretendamos educar, nos encontramos con la misma pregunta. La actuación sobre un niño no admite tantas enmiendas como un borrador escrito, por lo que es imprescindible empezar con buen pie.  Juan Valls viene aquí a disipar muchas dudas al respecto. Gracias a su exposición, podemos empezar esta tarea sin necesidad de muchas enmiendas posteriores, pero en la facultad de efectuar las correcciones que sean necesarias.

Los editores de este blog agradecemos esta colaboración, sabiendo que va a constituir también una preciosa aportación a la labor de muchos lectores.

Barcelonavida.

Confianza y modelo educativo

Capítulo 1: Un clima de confianza

 

          No sé por qué, me da la impresión que lo que más acompleja a un niño es sentirse dominado y manejado por la superioridad de los mayores que le rodean. Sabemos y estamos convencidos de ello: un niño actúa y desea actuar como niño. A los mayores esto les pone un poco nerviosos, porque les gustaría que ese niño actuara como si fuese mayor. Muchos adultos -digamos mayores- abruman a los niños con infinidad de consejos y reprensiones, como echándoles en cara que no sepan hacer las cosas.

          Yo pienso a menudo lo que me ha costado una determinada habilidad. No por eso miro con desprecio y suficiencia a un niño que aún no la ha adquirido. Me esfuerzo por comprender que él, si se lo propone y Dios le da vida, lo llegará a conseguir también.

          En su interior, el niño puede razonar de modo parecido a esto: “Si al menos pudiera pensar lo que me dicen; no me dan ni tiempo”, o “No entiendo nada de lo que me mandan, pero no me queda más remedio que hacerlo”, o “Mi madre me lo dice como si fuera tan fácil de hacer; ni que yo fuera un superniño…”.

          Mi impresión es que el niño es consciente de que está aprendiendo y de que, poco a poco, llegará a hacer y comprender las cosas; simultáneamente, se encuentra, con frecuencia, con aire y complejo de fracaso porque no dispone del tiempo suficiente para ello. Este tiempo y comprensión le han de ser facilitados por los educadores. En el fondo, esto no es más que entender bien lo que significa la palabra educador: es aquella persona que sabe sacar a la luz las cualidades de otras personas; en una palabra, consigue con habilidad y celo que lo que una persona lleva escondido y en forma de germen, se convierta, en el tiempo conveniente, en una virtud clara y sólida.

          Cuando mandamos algo a un niño, podemos saber si aquello le gusta o le disgusta, si se encuentra con fuerzas o no para hacerlo, y hasta si se encuentra capacitado o no. Todo esto lo sabemos al mirar a los ojos, directamente, si de verdad queremos profundizar en el interior de este niño. Los educadores que mejor consiguen esta habilidad son los que, de corazón, aman a los niños, a cada uno en concreto. También lo consiguen otras personas que, con mayor frialdad, se dedican al estudio del niño, pero a estos se les pasan por alto, muchas veces, detalles significativos.

          Se ha hablado bastantes veces de los educadores que regañan, de los educadores gruñones, de los pesimistas o aguafiestas; sus juicios negativos y excesivamente exigentes crean en el niño una disposición total de fracaso, de impotencia que configura tremendamente el carácter. Es muy triste verles a estos niños en la clase.

          Más de una vez, me ha ocurrido la anécdota siguiente: Estábamos todo el grupo de niños empeñados en ordenar unas plantas y partes de plantas; incluso yo había sugerido que se podían pegar, con cinta adhesiva transparente, en el cuaderno de Ciencias. Tras muchos esfuerzos, lo fueron haciendo casi todos. Pasaba entre ellos para dar mi opinión. Era interesantes ver la cara de algunos cuando les alababa el trabajo, en general bastante mal hecho, sucio o mal pegado; me miraban asombrados, como si yo les engañara. Pues bien, más de uno, sin explicaciones, rompía su trabajo y, con gran ilusión, volvía a empezar un trabajo hecho con más perfección. Me imagino que, por dentro, pensaría que si aquello le había salido bien la primera vez, iba a demostrar ahora de lo que verdaderamente era capaz.

                                      ………………………………………

          Un posible resumen de este primer capítulo o apartado sería proponernos no aceptar modos de educar, de conocer y tratar al niño, que no hayamos analizado bien, que no tengamos bien razonados.

          ¿ Se comprende esta idea ? Saber ponderar los hechos. Puede llegar un niño llorando y yo consolarle y no pensar más en ello. Muy bien, pero yo a este hecho no le daría ningún valor, si lo dejara pasar así. Me atrevería a decir que los hechos que no llevamos a una consideración detenida (aislados o agrupados), a una ponderación, son, a lo sumo, una pérdida de tiempo.

          Termino recordando el título -Confianza y modelo educativo-. La actitud de confianza debe empapar nuestras relaciones con los niños, sean hijos o alumnos y, por extensión a todas las personas que nos rodean.

          En los siguientes apartados, iremos repasando más y más modos concretos de cómo hacerlo, de cómo prepararnos a aplicar un modelo educativo eficaz.

Por Juan Valls Julià.

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Written by barcelonavida

marzo 25, 2013 a 4:39 pm

2 comentarios

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  1. Veo que realmente no se darán nunca menos de dos educadores en el proceso: está quien imparte esta educación y quien la recibe, que en su comprensión de lo que se está pidiendo de él, de lo que se le ofrece y de las consecuencias de ambas cosas, se alecciona a sí mismo sobre los requisitos que ha de reunir. El niño que rompe los deberes para hacer otros mejores lo está demostrando.
    Quizá su compañero de pupitre esté pensando en Mazinger Z [Hoy diríamos Bob Esponja]. Uno ha visto que su trabajo es muy mejorable, mientras que el otro se ha limitado a cumplir unos mínimos. El “segundo educador” que es él mismo no exige más. Ya le han dicho que lo hacía bien.

    Miguel

    marzo 27, 2013 at 9:27 pm


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