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Los ojos son el espejo del alma, I

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SABER VER CON LOS OJOS DE LOS NIÑOS

 

De la película Marcelino Pan y Vino

Se inicia con esta entrada una nueva serie de artículos de Juan Valls, profesor y pedagogo de gran experiencia que sabe reflejar en textos sencillos los conceptos más necesarios. Su capacidad de síntesis y su habilidad para exponer evitan toda farragosidad y dejan muy claros los principios, con ese buen hacer profesional de dejar para los padres su parte de actuación y su libertad. Como corresponde a una persona de buena voluntad que viene aquí a tendernos una mano y sabe cómo hacerlo. Para leer otras entradas, podéis escribir “Juan Valls” en el buscador interno de este blog. Es autor de la serie titulada “Un clima de confianza”.

 No dudéis en preguntarle, os responderá con satisfacción. Basta con que escribáis un comentario y el blog se pondrá en contacto con él y os hará llegar la respuesta.

1.- El aforismo que dice: “Los ojos son el espejo del alma” nos será muy útil en la educación de los niños. Los ojos del niño no saben de engaños; luego, mirando a través de ellos, vemos el fondo de su alma.

Está comprobado que el niño, aun siendo el mismo en casa que en la escuela, reacciona de modo diferente en un sitio que en otro. La razón más clara es que las condiciones que le rodean son bastante diferentes también. Se podría decir con propiedad que el niño, al empezar a asistir a las clases colectivas, se enriquece. Sus posibilidades de crecimiento interior se multiplican. Tanto su alma como su cuerpo buscan nuevos modos de realización. Por eso, no nos debe extrañar que nos informen de que nuestro niño es quieto y reflexivo en la escuela, cuando resulta que en casa es el único de todos que no tiene ni una idea propia.

He tenido ocasión de observar frecuentemente la sorpresa de los padres al enterarse de estos comportamientos, aparentemente contradictorios, de su hijo. Dicen: “En casa es así, y en la escuela de otra forma”.

La sorpresa de los padres se vuelve un deseo sincero de conocer más profundamente a este hijo. Se dan cuenta de que hay personas, los maestros, que conocen muchísimas cosas que ellos no conocen. ¿Qué padre o madre, después de una entrevista con un buen profesor, no ha sentido el deseo claro y sincero de continuar esta interesante relación?

Sin embargo, el intercambio es tan fructífero por un lado como por otro. Digo como profesor: “Delante de los padres soy un verdadero ignorante. ¡Cuántas cosas no voy yo a desconocer!       ¡Cómo me ayudarían a educar a este niño!” Sí, con frecuencia los maestros luchan contra verdaderos enigmas; todo su entusiasmo e ilusión chocan contra la pared impenetrable de unas reacciones inesperadas del niño. Lo sé por experiencia: los maestros agradecen muchísimo que los padres vayan a verlos, que intercambien con ellos toda su larga experiencia sobre ese niño en particular.

A veces, cuando no encontramos el momento para presentarnos en la escuela (como padres), hemos de hacernos todas estas cortas reflexiones; yo diría que hemos de ser, una vez más, realistas, y pensar si estamos cumpliendo el expediente o, en cambio, haciendo una labor perfecta.

Es indudable que queremos lo mejor para nuestros niños. Entonces…, ¿por qué no ponemos todos los medios?

Si alguna vez no podemos, pase. Pero que, semana tras semana o año tras año, hayamos dejado pasar estas oportunidades, no debería ser. Además,  ¡teniendo en cuenta lo contentos que quedamos cuando lo hacemos!; nos damos perfecta cuenta de que el amor hacia el niño es entonces más real, buscando lo mejor para él, pues alcanzamos un completo conocimiento de su trabajo y de sus posibilidades.

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Written by barcelonavida

junio 18, 2013 at 12:50 am

Confianza y modelo educativo, capítulo I: Un clima de confianza

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“Educador es aquella persona que sabe sacar a la luz las cualidades de otras personas”.

 Tomo como lema de esta serie de entradas esta brillante definición, tanto porque deja claro el concepto, como por definir el estilo sencillo de su autor, Juan Valls Julià. Maestro y pedagogo por profesión -y  probada vocación- el autor reúne aquí la experiencia de toda una vida entregada a la enseñanza.

En este primer capítulo ha abordado una cuestión que a muchos se nos hace difícil, pero necesitamos tener muy clara: ¿Por dónde empezar?. Todos los que hayamos iniciado alguna novela o ensayo nos hemos encontrado con este mismo problema, no siendo pocas las veces que corregimos los primeros párrafos, parece que de ellos dependa el éxito de la narración. Y todos los que hayamos tomado un primer contacto con niños a los que pretendamos educar, nos encontramos con la misma pregunta. La actuación sobre un niño no admite tantas enmiendas como un borrador escrito, por lo que es imprescindible empezar con buen pie.  Juan Valls viene aquí a disipar muchas dudas al respecto. Gracias a su exposición, podemos empezar esta tarea sin necesidad de muchas enmiendas posteriores, pero en la facultad de efectuar las correcciones que sean necesarias.

Los editores de este blog agradecemos esta colaboración, sabiendo que va a constituir también una preciosa aportación a la labor de muchos lectores.

Barcelonavida.

Confianza y modelo educativo

Capítulo 1: Un clima de confianza

 

          No sé por qué, me da la impresión que lo que más acompleja a un niño es sentirse dominado y manejado por la superioridad de los mayores que le rodean. Sabemos y estamos convencidos de ello: un niño actúa y desea actuar como niño. A los mayores esto les pone un poco nerviosos, porque les gustaría que ese niño actuara como si fuese mayor. Muchos adultos -digamos mayores- abruman a los niños con infinidad de consejos y reprensiones, como echándoles en cara que no sepan hacer las cosas.

          Yo pienso a menudo lo que me ha costado una determinada habilidad. No por eso miro con desprecio y suficiencia a un niño que aún no la ha adquirido. Me esfuerzo por comprender que él, si se lo propone y Dios le da vida, lo llegará a conseguir también.

          En su interior, el niño puede razonar de modo parecido a esto: “Si al menos pudiera pensar lo que me dicen; no me dan ni tiempo”, o “No entiendo nada de lo que me mandan, pero no me queda más remedio que hacerlo”, o “Mi madre me lo dice como si fuera tan fácil de hacer; ni que yo fuera un superniño…”.

          Mi impresión es que el niño es consciente de que está aprendiendo y de que, poco a poco, llegará a hacer y comprender las cosas; simultáneamente, se encuentra, con frecuencia, con aire y complejo de fracaso porque no dispone del tiempo suficiente para ello. Este tiempo y comprensión le han de ser facilitados por los educadores. En el fondo, esto no es más que entender bien lo que significa la palabra educador: es aquella persona que sabe sacar a la luz las cualidades de otras personas; en una palabra, consigue con habilidad y celo que lo que una persona lleva escondido y en forma de germen, se convierta, en el tiempo conveniente, en una virtud clara y sólida.

          Cuando mandamos algo a un niño, podemos saber si aquello le gusta o le disgusta, si se encuentra con fuerzas o no para hacerlo, y hasta si se encuentra capacitado o no. Todo esto lo sabemos al mirar a los ojos, directamente, si de verdad queremos profundizar en el interior de este niño. Los educadores que mejor consiguen esta habilidad son los que, de corazón, aman a los niños, a cada uno en concreto. También lo consiguen otras personas que, con mayor frialdad, se dedican al estudio del niño, pero a estos se les pasan por alto, muchas veces, detalles significativos.

          Se ha hablado bastantes veces de los educadores que regañan, de los educadores gruñones, de los pesimistas o aguafiestas; sus juicios negativos y excesivamente exigentes crean en el niño una disposición total de fracaso, de impotencia que configura tremendamente el carácter. Es muy triste verles a estos niños en la clase.

          Más de una vez, me ha ocurrido la anécdota siguiente: Estábamos todo el grupo de niños empeñados en ordenar unas plantas y partes de plantas; incluso yo había sugerido que se podían pegar, con cinta adhesiva transparente, en el cuaderno de Ciencias. Tras muchos esfuerzos, lo fueron haciendo casi todos. Pasaba entre ellos para dar mi opinión. Era interesantes ver la cara de algunos cuando les alababa el trabajo, en general bastante mal hecho, sucio o mal pegado; me miraban asombrados, como si yo les engañara. Pues bien, más de uno, sin explicaciones, rompía su trabajo y, con gran ilusión, volvía a empezar un trabajo hecho con más perfección. Me imagino que, por dentro, pensaría que si aquello le había salido bien la primera vez, iba a demostrar ahora de lo que verdaderamente era capaz.

                                      ………………………………………

          Un posible resumen de este primer capítulo o apartado sería proponernos no aceptar modos de educar, de conocer y tratar al niño, que no hayamos analizado bien, que no tengamos bien razonados.

          ¿ Se comprende esta idea ? Saber ponderar los hechos. Puede llegar un niño llorando y yo consolarle y no pensar más en ello. Muy bien, pero yo a este hecho no le daría ningún valor, si lo dejara pasar así. Me atrevería a decir que los hechos que no llevamos a una consideración detenida (aislados o agrupados), a una ponderación, son, a lo sumo, una pérdida de tiempo.

          Termino recordando el título -Confianza y modelo educativo-. La actitud de confianza debe empapar nuestras relaciones con los niños, sean hijos o alumnos y, por extensión a todas las personas que nos rodean.

          En los siguientes apartados, iremos repasando más y más modos concretos de cómo hacerlo, de cómo prepararnos a aplicar un modelo educativo eficaz.

Por Juan Valls Julià.

Written by barcelonavida

marzo 25, 2013 at 4:39 pm