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«Un paso adelante» ¿En qué dirección?

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Ayer salió a votación (¡Por fin!) el anteproyecto de la ley para la reforma de la ley del aborto, que lleva por título «Anteproyecto de ley de protección para la vida del  concebido y de los derechos de la mujer embarazada». Cinco días antes de Navidad, con el poco valor que demuestran quienes quieren pasar desapercibidos y sin plantar cara de manera decidida a los verdaderos problemas que afronta España. Esta es la decisión que caracteriza al actual Gobierno, esta es la realidad de Mariano Rajoy y del Partido Popular.

Podría decir de quien se sorprenda que está en la inopia, de no ser que escribo esta entrada para confesar que también yo permanecía en ella hasta el día de ayer. Desde luego, no sobre las intenciones tan mal ocultadas del PP y de los suyos, no sobre el flagrante incumplimiento de sus promesas electorales o la traición a sus propios principios, sino sobre la postura de los míos.

Reconozco que he recibido una honda decepción y siento malestar al tener que tocar este tema, pero la sinceridad me fuerza a hacerlo. Me ha sentado muy mal que Ignacio Arsuaga -en quien confío plenamente, a quien me he entregado en la lucha- escribiera en su blog: «En 2008 nos propusimos parar la «Ley Aído» y en 2010 derogarla. Y lo hemos conseguido. [¿Nosotros?¿Cuándo?]. Sin nuestra acción en la calle, en los medios, en internet [Aborto CERO, oiga: CERO PATATERO, CERO A LA IZQUIERDA, que es el que no vale], el Gobierno no habría aprobado un anteproyecto como el que se aprobó ayer.»

Y hoy aparece en TVE 1 diciendo que «es un paso adelante». Oyéndole, habríamos de suponer que este anteproyecto recoge en su articulado todos los derechos que asisten a los hijos en gestación, que se ha llegado a una formulación jurídica incuestionable, justa y deseable. Pero no se trata de nada de esto, por lo que prefiero recordar una anécdota cómica que alivie un poco la tensión. Se trata de unas frases que se hicieron célebres, por pertenecer a un discurso proclamado ante una multitud: «El año pasado, estábamos al borde del abismo. Hoy hemos dado un paso adelante.»

Hasta ahora no había ninguna ley en  España que fijara la impunidad de los que se consideran criminales por la misma norma, basándose en la doble consideración de víctimas. Ayer inició su andadura esta incongruencia legislativa, en donde el aborto se tipifica como crimen y delito, pero no podrá castigarse.

Y corren parabienes y felicitaciones en los mensajes privados y correos electrónicos, porque se establece la prohibición de que las menores aborten sin consentimiento paterno, cuando podrá ocultarse a uno de los padres. Si así se establece, se está autorizando este extremo a la vez que se enaltece la patria potestad de cuyos efectos se priva por ley. «Ley de borrachos de taberna», podría haberse llamado. Y es que en cualquier tasca de España podemos encontrar las «leyes del bar», que demuestran una mejor praxis jurídica y una coherencia mayor que la que tanto se alaba.

Se reabre el coladero del «riesgo para la salud psíquica de la [no ] madre», pero parece que es aborto del PP, que mata mejor o menos que el otro, todos contentos. Y digo yo: ¿Cuándo sabrá hijo que muere si ha sido un partido u otro quien ha decidido su muerte?.

No es un gran paso esta idea de ley, ni es una gran noticia la de saber que se nos obligará  a todos a pagar estos asesinatos con nuestros impuestos, que cualquier persona podrá perpetrar un aborto, mientras tenga supervisión médica.

Por mi parte, no puedo alegrarme porque haya menos abortos. Primero, porque cuenta cada una de las vidas que se pierden en una injusticia que clama al Cielo tanto como todo su conjunto; y segundo, porque no veo por ninguna parte que el texto aprobado suponga un descenso de víctimas mortales, sino que hay un cambio estético en la programación de este exterminio.

Nos la están metiendo doblada y hay quien no se da cuenta. Hasta este momento distinguíamos entre posturas ideológicas o argumentales y el hecho en litigio, buscando la resolución de lo último a través de la comprensión de lo primero o en su caso, el disenso. Pero en este texto se incluye una falacia sin precedentes: La de que el intento jurídico de prohibición de un delito tipificado supondría la desatención de aspectos ideológicos, algo así como entenderlo como una falta a la libertad de expresión.

No puedo hacer más que citar a Forges, diciendo con él: «¡País!».

Por Iñigo Ruiz.

Written by barcelonavida

diciembre 21, 2013 at 11:06 pm