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¡Libertad la libertad!

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En esta ocasión contamos con esta excelente entrada, colaboración de Mariano. Es un privilegio para nosotros poder publicar consideraciones tan completas y bien expresadas sobre una de las palabras menos conocidas de nuestro idioma : Libertad. ¿Por qué no decirlo? Es también privilegio para el lector.

Mariano es editor y administrador del blog “Soy cura y hablo de Jesucristo”, en donde podemos descubrir facetas de religio0sidad que nos sorprenderán.

Así publicaba yo en otro lugar una cita:

“Libertad es hacer lo que debes porque quieres” (La mejor definición de la libertad que he conocido en mi vida)

“No debemos confundir la libertad con el gusto o con el capricho. La libertad es un tesoro maravilloso que Dios nos entrega y nos sirve para ganar el Cielo o, si nos empeñamos, para merecer el Infierno.

“[…] Si te has comprometido a jugar un partido de fútbol […], no debes echarte atrás […] porque no tienes ganas.

“Dices tú: “Yo soy libre de ir o no ir; a mí, nadie me obliga”. Y tienes razón. Efectivamente, eres libre de ser cumplidor y leal con tus amigos, o de ser un hombre sin palabra. Tú eliges. Eres libre de tener una voluntad fuerte, que consigue lo que se propone, o de ser un candidato a flojo y comodón […].

“Tienes razón […] en decir que “a mí, nadie me obliga”, porque te obligas tú mismo […]. De modo que la libertad es hacer lo que debes hacer, porque tú quieres.”

Antonio Ducay Vela, Voluntad fuerte, Madrid: Mundo Cristiano (Col. Juvenil –de folletos-,33), 1981, pp. 9-10

Sigo pensando que no conozco una definición mejor de la libertad. Un buen amigo me ha inspirado unas reflexiones, y le respondí que estaba de acuerdo; pensaba que él, con otras palabras, estaba diciendo lo mismo que yo. Hoy, releyendo más despacio lo que me decía, llego a la conclusión de que estamos bastante en desacuerdo. Ni entendió -¿culpa mía?- lo que yo quise transmitir, ni me parece que tenga una adecuada concepción de cuáles son los puntos de referencia de la libertad.

Entendió, en efecto, que yo (mi cita de Antonio Ducay Vela) defendía el deber como imperativo seco, y parece que entendió “hacer lo que debes porque quieres” en el sentido (kantiano) de: yo reconozco cuál es mi deber, yo afirmo “es mi deber, y por tanto lo haré, sola y justamente por ser mi deber y sin que haya más consideraciones posibles”, luego yo hago eso que debo hacer.

Para él, nuestras decisiones libres han de ir dictadas por el amor, en segundo lugar, si no sabemos lo que queremos, por el deber, y lo peor es que vayan dictadas por la apetencia.

Y, sin embargo, yo creo que nunca jamás ha actuado nadie pura y solamente por deber. El padre que va a trabajar cumple ese deber pensando –por ejemplo- en los hijos que ha de alimentar. La madre que va a recoger al niño al colegio lo hace pensando –por ejemplo- en que cantará una canción con él por el camino. El estudiante que cumple su deber de estudiar piensa –por ejemplo- en su futuro profesional. Mi buen amigo, empleando un ejemplo de Ducay, dice: “Si venzo la pereza para ir a jugar con mis amigos, porque esperaban que fuera, no lo hago por deber, sino porque son mis amigos”. Exactamente: porque son tus amigos, pensando en ellos, quieres cumplir tu deber de ir con ellos.

No entendamos kantiana, secamente el deber. Pero la diferencia entre mi buen amigo y yo está en que él elimina el deber –y lo deja, como último remedio, para cuando no hay amor- y yo le doy un lugar. Y pienso que en esto está el quicio de la diferencia entre su comprensión subjetivista de la libertad y la mía anclada en el ser y no en la voluntad subjetiva. Permítaseme añadir –con esa caridad que consiste en decir la verdad- que, o mucho me equivoco, o mi concepción es la cristiana y la que defiende el magisterio de la Iglesia, y en particular, de una manera profundísima, Juan Pablo II, y de una manera sobrecogedoramente bella, Benedicto XVI.

Mi buen amigo iría a jugar con los amigos porque se lo diría el corazón (“son mis amigos”). ¿Y qué ocurre si el corazón le dice otra cosa? Responder aquí que una de las dos opciones es la más correcta es la respuesta cristiana. Responder que debemos actuar por las “razones del corazón” es la alternativa pagana.

Mi buen amigo dice que se actúa libremente cuando se hace “lo que uno ama, lo que uno quiere (amar)”. Pero es que yo no tengo derecho a amar cualquier cosa; Jack el Destripador amaba rajar tripas y matar; eran sus “razones del corazón”, eran “sus amigos”. Por otro lado, hay quien no ama; y hay quien ama estafar; y hay quien odia; y hay quien ama enriquecerse sobre la base de diez muertosdiarios por su comercio de droga. Si este último se enriquece, ¿es libre? Pues una de dos: o no es libre, o la libertad es mala. Y quiero partir de la base de que la libertad es buena.

Y aquí hemos llegado. O se entiende la libertad de esa manera subjetiva, o bien se entiende anclada en el ser y en el bien, que es lo que yo antes veía reflejado en la palabra deber -aunque es preferible rehuir esa palabra y sus peligros, como los que aquí han quedado de manifiesto-. En el primer caso, se puede llegar a la imagen de la libertad que tiene la cultura hoy dominante, que la entiende como “posibilidad de todas las posibilidades y del contrario de todas ellas” (no me pongo a buscar el autor de la frase). Y ante vuestra vista están los resultados que esa imagen está dando.

En cambio, una libertad anclada en el ser –la que enseña la Iglesia- es una libertad que toma sus normas de algún otro lugar, a saber, la verdad del hombre, expresada en la ley natural, que a su vez se expresa en la Ley de Dios. No es una libertad autónoma. No es una libertad como suprema instancia. Está regulada por el ser, por la verdad de las cosas, que se expresa en la moral. “Se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser” (Benedicto XVI, enc. Caritas in veritate, n.º 70). Es una libertad en la verdad; la verdad es un dato que le es interior a la libertad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32), que era el versículo evangélico preferido por Juan Pablo II.

Mirad. Si no hay un ser, una verdad, en consecuencia un deber; si, en lugar de eso, hay una libertad suprema (“que es mi Dios la libertad”, que decía aquel fantoche de Espronceda, y le corea toda la sociedad actual), y el criterio es lo que el corazón ordene; entonces podrán venir a decirnos que el feto no es un ser humano (no hay ser), o que ese ser humano no es una persona (no hay verdad), o cualquier otro disparate que justificará que abortar será libre; lo cual implica, curiosamente, que está bien que tú abortes y está bien que yo, en el mismo caso, no. Pero dos aseveraciones contradictorias no pueden ser verdad a la vez, como decía antes cualquier maestro de pueblo.

Y este argumento es lo que se llama una reducción al absurdo. Cuando de unas premisas se deducen consecuencias absurdas, necesariamente son falsas las premisas. Luego hay un ser, hay una verdad, hay un deber, el criterio no es el corazón: la libertad tiene otros puntos de referencia. El deber se basa siempre en el ser: no debo abortar, porque es un niño.

Y luego, buen amigo, lo lógico es que una no aborte por amor a ese hijo; pero ésa es una manera, “la” manera, “la excelsa y maravillosa” manera de cumplir con el deber. Porque es “hacer lo que debes porque quieres”.

Y eso es todo, buen amigo; lamento haberme puesto así. Amicus Plato, sed magis amica veritas. Es que con estas cosas no se puede jugar, por la importancia que revisten y por lo revuelto que está el patio en estos nuestros tiempos. Al decir todo esto, creo estar cumpliendo el precioso encargo del historiador Jean Dumont: “¡Libertad la libertad!”

O, si lo preferís –yo lo prefiero-, concluyo con aquellas palabras de San Agustín: “Eres esclavo del Señor y eres libre del Señor. ¡No busques una liberación que te lleve lejos de la casa de tu libertador!”

Por Mariano

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Written by barcelonavida

noviembre 7, 2012 at 7:41 pm