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El juego, ¿Octavo arte?

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Dice Calamardo -No nuestro apreciado comentarista habitual, sino el personaje de Bob Esponja- que “El arte es la ordenación expresa de elementos sensibles, conformando con ellos expresiones intencionadas ordenadas a la expresión “. [Episodio II de la Atlántida, “Atlantis squarepantis”].

De ser así, el juego sería el más favorecido modo que las musas nos brindan para este ejercicio. A través de él, podemos recrear nuestra vida, representarla y simbolizarla, plantearnos soluciones y preguntas, dar salida a las emociones y expresar nuestros sentimientos. Innato en el humano y aun en muchos animales no racionales, lo empleamos desde estadíos muy anteriores al uso de razón y sirve para desarrollarla, teniendo un marcado potencial de desarrollo mental y un elevado índice de cualidades humanas de todo tipo: Intelectivas, emotivas, mnemónicas, perceptivas…

Hoy me he encontrado a mi hija con los cacharritos de cocina por el suelo. Ha colocado una tapa de lata de foie-gras sobre un puchero minúsculo, le ha enfrentado un vaso y sobre él ha colocado una pera de juguete. Y me ha presentado la obra: “Mira, papá, un “música”. Y me he quedado sorprendido, porque allí había un  tocadiscos de vinilo, perfectamente reconocible. Es curioso que ha visto emplear este aparato en muy pocas ocasiones, pero le llamó la atención y quedó en su memoria, aflorando en apoyo de una de sus canciones alegres y completamente improvisadas, en donde música y letra son siempre diferentes.

Picasso palidecería de vergüenza ante su poca creatividad, viendo la estilización o la completa labor de abstracción que supone una de sus “palomas” de construcciones Lego, cómo consigue sacar un martillo con tres piezas (Labor de síntesis de diseño) o la forma de vestir a su querida muñeca María José, una matriusca rusa, de ésas muñecas de madera que se guardan una dentro de otra. Y me llega en otra ocasión con un “collar” que se ha apañado mediante el ingenioso procedimiento de colgar un CD de un chorizo. (¡Con el vestidito blanco, ya veremos cómo quitar las manchas!)

El misterio

En gran medida, el niño se autoeduca cuando juega. Algo muy poco explorado en el campo de la pedagogía es este mecanismo misterioso de proponerse a sí mismo ejercicios para complementar lo que la realidad demanda, de cómo puede funcionar la autoevaluación, pero es indudable que el complejo autodidáctico que supone dice mucho de la esencia misma de la educación y de su propia naturaleza, aunque nos abra amplios interrogantes. Mirad a un niño jugando en solitario o acompañado de sus amigos y encontraréis mejores premisas formativas que en la carrera de pedagogía.

Hay elementos que pueden quedar distorsionados, ya que la educación comprende formación más información y ésta segunda puede faltar por completo a las cuestiones que en aquél momento se esté planteando en su fuero interno. Así sucede cuando representan algunos roles profesionales de adultos, sobre todo, cuando interpretan el oficio de sus padres. (Imaginemos que son intendentes mercantiles, ¿Cómo va a saber un niño en qué consiste este trabajo?), por lo que hemos de tener claro que esta educación necesita nuestro complemento informativo, basado siempre en los rudimentos que ellos mismos sepan establecer, como en el caso de jugar a médicos.

Pero el gran misterio de todo esto es la rectitud en que se cifra esta autoeducación, el empleo de recursos casi ilimitados, que se orientan al ejercicio de valores que -en su mayoría- no les ha explicado nadie. Creo que el Ángel de la Guarda preside estos planteamientos. Una pregunta sin respuesta: ¿Por qué se da tan perfecto equilibrio entre los factores que influyen y la solución?. Pienso que un experto podría descifrar un plan de formación subyacente que sería incapaz de mejorar.

Enemigos del juego

Creo que su principal obstáculo es nuestra visión de adultos y constante tendencia a corregirlo todo, a coartar sus iniciativas y dirigir sus actuacionbes hasta el infinito. El juguete será un enemigo del juego cuando supone su negación, porque no brinda demasiadas oportunidades para hacer nada con él o no responde a lo que el niño pide. Podrá tener luces de colores y música y ser fantástico para nosotros, pero representa quizá un tiempo precioso, perdido para él en aburrirse.

Los niños no han de tenerlo todo y a menudo les damos aun más de lo que desean, pero sin que nuestros desvelos coincidan con lo que necesitan. No digo ya las videoconsolas y otras animaladas -que soy partidario de prohibir-, sino el estúpido móvil de las tiendas de chinos, que se niega a perpetuidad en convertirse en un helado, una pianola o un cohete a los ojos de nuestros hijos. Sólo sabe hacwer ruidos estridentes y dejar cachitos de plástico por toda la casa. Pero ¿Y un trozo de papel de envolver regalos? Si llega en el momento oportuno, será un turbante, una manta-raya, las venerables vestidyras de la Madre Teresa de Calcuta o una montaña. Y es que también hace mucho la oportunidad, unas veces conviene dar salida a la violencia con una pelota y otras, sentarse a dibujar mariposas.

Otro problema que puede surgir es la evaluación que hagamos los padres, creyéndonos tan buenos psicólogos como peluqueros, temiendo a los “juegos bélicos”, a la “competitividad desmesurada” o alimentando cualquier otro miedo de moda cuando no han hecho acto de presencia. (Sin embargo, se nos puede pasar por alto la tendencia obsesiva de usar todo el día el mismo juguete durante meses.) Os lo digo: El niño sabe de jugar mucho más que nosotros y podrá compensar muchos problemas de este tipo en donde quizá valga más que ni nos asomemos, porque no acertaríamos. Ahora, todo esto sucede cuando el “misterio” no ha sido contaminado. Si se lesiona, no respondo de él.

Cuando el éxito se convierta en único objetivo, desde el momento en que reglas claras pasen a ser odiadas por el niño, hay algo que ya no funciona. También cuando la imaginación no les auxilia, cuando se convierte todo en liderazgo o en modo de rechazo a algún partícipe o en única actividad lúdica, con resticción de todas las demás, el “misterio” ha fallado ya y pide el apoyo de un adulto, que debe conocer el material que está tocando para que no sea peor el remedio que la enfermedad.

Los deberes escolares no son contraposición necesaria y en el fondo, tampoco suponen una mayor obligación que la de jugar, aunque parezca paradógico.  Si las inquietudes no se subliman generan problemas, si no se da el descanso -casi espiritual- del juego, las condiciones de percepción quedan en muy mal estado, por lo que se resentirán la atención, el cálculo o la actitud. Por tanto, sirva el precepto de los maestros de escuela de antaño: “Hay un tiempo para jugar y otro para estudiar y las dos cosas hay que saber yhacerlas muy bien.”

Y un punto que coloco casi para contentar a quienes me han dado cursos sobre esto, porque aparecía por el temario: Hay que tener cubierto el equilibrio homeostático. (¿El cóóómor? Nada, que hayan hecho pipí y caca, dormido, comido y demás, dicho en lenguaje paterno paladino. Añado a esto el que no se estén petando de frío o asando de calor.)

Sociabilización

Dos personas que se quieren pueden pasarlo muy bien con muy poca cosa. En cualquier terraza de bar, veréis a parejas de novios felices con un café y un cigarrillo. (Incluso sin él.) Además, las personas que se quieren desean también pasarlo bien juntos y al parecer, una cosa alimenta a la otra. Veo a muchos padres preocupados porque en la adolescencia quieren “ganarse al niño”, que dan por perdido. Lamentablemente, muchos de ellos dedicaban su tiempo de ocio a sus aficiones personales, mientras sus hijos jugaban solos o entre ellos. No podemos pensar que al niño, le damos una peonza y ya está entretenido. No porque sea falso, sino porque es incompleto. Hay cualidades que nacen en partidillos dé fútbol o perdiendo al bakgammon y pueden no aparecer de otra manera.

En el fondo, es sencillo: Las personas nos hemos de relacionar unas con otras en ciertos ámbitos: Familiar, escolar, en la calle, en el trabajo… Se trata de que nuestros hijos hagan lo mismo jugando, por lo que les conviene estar un rato con sus hermanos, otro con sus compañeros de clase, con los abuelos, los padres… Y cuidar que nuestro despiste no suponga que falten estos ratos durante mucho tiempo, que las compañías no sean eternamente las mismas, no monopolizarlo en el empeño de que siempre estén con nosotros y que jueguen también a solas.

Las edades determinarán los reglamentos y temática, siendo un buen criterio el de que todos puedan comprender y cumplir las reglas sin que suponga un perjuicio para nadie. Habrán de conocerlas todos y ser arbitradas en caso necesario, atendiendo a los principios de justicia que pretendemos que absorban los niños. No será beneficioso para ellos que hagamos clarísimos “pucherazos” para que gane alguien a quien no le toca. Quizá se aburra menos, pero la culidad formativa de este acto no es muy elevada. Resulta muy edificante para niños y adolescentes ver que han de condescender un poco con los más pequeños, aunque les ganarían sin esfuerzo. Y comprender que a papá le sobra estatura y habilidad para meter una canasta, pero deja al hijo intentarla aunque pueda suponer la derrota del equipo.

Hay unos roles reales y otros jugados. El maestro, el padre, lo seguirán siendo. El niño lo sabe y lo interpreta, aunque en aquél momento los tenga por indios apaches o contrincantes en una guerrilla de pinball. El padre cordial y afable puede ser un sargento adusto e inquebrantable en contraposición. esta interpretación tiene mucho de teatral y sirve para técnicas afines a la psicoterapia en dinñamica de grupos, pero no podemos ir de listillos, no lo sabemos todo.

No hay nada más insoportable que una partida de Monopoly en donde el primero que ha caído en ekl Paseo de Gracia se hincha a cobrar impuestos, mientras los otros desean salir a chapotear en los charcos y llenarse de barro; ténganlo presente los adultos. ¿Cómo se va a aprender a respetar y seguir como deseables unas normas que se detestan?¿Cómo se van a apreciar mejor, si no traen otra cosa que una tarde de aburrirse y perder por lo mal hecho del reglamento?. El juego ha de incentivar e involucrar a todos desde su principio hasta que se acabe.

Y aquí acabo yo, aunque veo que me entusiasma el tema, por lo que “amenazo con volver”, como decía un amigo mío a modo de irónica despedida.

Por inigo Ruiz

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Written by barcelonavida

noviembre 19, 2012 a 4:09 pm

Publicado en Uncategorized

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Una respuesta

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  1. Yo no digo eso, pero puedo repetir lo de mi tocayo: “El arte es la ordenación expresa de elementos sensitivos, ordenada a expresar sentimientos o despertar sensaciones “. Y efectivamente, op.cit.

    Se habla ahora mucho de lo interactivo en las obras de arte y se hace especial hincapié en la capacidad de empatía que puede generar. Pfú, ya ves… Nada moderno todo esto. Resulta que las mayorías de juegos de rol (papás y mamás, médico y paciente, etc…) están perfectamente conectados con las artes escénicas, siendo interactivos desde que el mundo es mundo.

    Incluso tenemos un juego fósil: Consiste en el rastro de una familia de homínidos prehistóricos, en que se sobreponen las huellas de un hombre adulto, una mujer y un niño. Por tanto, mamá y el hijo tenían que pisar donde lo hiciera papá. No hay otra manera de explicarse este rastro, ya que suponen los científicos que en el momento de las improntas no había hielo (Sinó, no se habría marcado) ni nieve. (Lo hace suponer la consistencia del barro fósil y la profundidad de las marcas.) Así que puedes escribir un prólogo a la entrada con aquellos que se dice en la mayoría: “El noble arte del juego se remonta a los más entiguos tiempos de
    la antigüedad y ya en la noche de la historia…”

    Calamardo

    noviembre 20, 2012 at 10:57 pm


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