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Pan de Vida Eterna

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Han pasado muchísimos años y ahora lo veo con otra perspectiva. También quienes puedan recordarlo. Por esto, os lo voy a contar:

Faltaba aún algún tiempo para prepararme para la primera Comunión, pero ya me habían explicado mis padres el Misterio de la Eucaristía y del Cuerpo y la Sangre de Cristo, por lo que el sagrario me infundía mucha devoción. Lo miraba con respeto, pero con muchísimo cariño. Allí, en la enorme capilla de un convento de Franciscanos, al lado izquierdo del pie del presbiterio. Ante un fondo de espigas, en un bello trabajo de orfebrería y en toda su dignidad estaba Dios-Eucaristía. En aquellos tiempos se prestaba mucha más reverencia y solemnidad aun en los actos de devoción más sencillos y personales y era extraño que no hubiera tres o cuatro reclinatorios en los que álguien estuviera haciendo la Visita. Costaría también no encontrar a nadie rezando el santo Rosario.

Y yo me miraba a mi querido Jesús, metido allí, en aquella Casa especial para él y para nosotros, ya que un día podría comulgar y recibirlo. Sí, Jesus-amigo, pero no era ya un “jesusito de mi vida” de candor absoluto. Sabía que había muerto por nosotros, que nos dió unas Enseñanzas, que toda aquella amistad era mucho más de lo que podía comprender, porque me faltaba preparación. Con él conversaba y a él le rezaba, lo mismo para pedirle que me llegase pronto la Primera Comunión, como para contarle el último episodio de “Los chipiripitifláuticos”O pensaba cómo era esto de recibir a Jesucristo, qué se podría sentir…

Normalmente, íbamos a Misa toda la familia y ya era trabajo para nuestros padres controlar las travesuras de diez chiquillos, bajar al hijo que estaba haciendo “polichinelas” detrás del altar de la Capilla del Santísimo, mientras otro lloraba y el de más allá entonaba el “Sanctus”a grito pelado cuando se estaba cantando el “Aleluya”. 

 En una ocasión, mientras algún hermano mío pedía disculpas a un confesor por haberle tirado un avión de papel (confeccionado con la hoja dominical) o preparaba otro una piedra y una goma de borrar para la colecta, recopilé lo que sabía de la Comunión, añadiendo en cosecha propia lo que suponía, porque de niño “lo que no sabes, te lo inventas”. Recibimos el Cuerpo de Cristo, Dios-Hijo. Y lo hacemos comiendo la Sagrada Forma. También, al comer bendecimos la mesa… Y encontré un medio muy inspirado de alcanzar una mayor santidad: Al bendecir la mesa, perdimos al Señor que lo haga, porque nosotros no valemos para esto. Pero la Consagración “es más” y la hace un sacerdote.

Creía yo que en el sagrario se “consagraban aún más las Formas que fuera de él” (Cosas de niños), por lo que alli tenía que estar -por fuerza- lo más santo y más sagrado que pueda existir. Si con una comunión semanal o diaria se alcanzaba un estado de Gracia tan elevado, ¿No sería aún mayor con más de una al día?. Quizá llegáramos a ser ángeles, “cuanto menos,” santos. (En aquellos tiempos, un ángel era para mí “más” que un santo). 

No sé si recordaréis cómo llevábamos antes los bocadillos, cuando aún no se usaba el papel de estaño. Se envolvían con papel de periódico, al que se añadían unas gomas elásticas y a veces, una bolsa de plástico o de tela. Lo de dentro se comía y con lo de fuera, se hacían pelotas para jugar. El bocadillo se sentía en la mano de forma distinta a los de ahora, por su tacto  y por su olor, que solía extenderse por la atmósfera. El caso es que iba al colegio de buena mañana y lo llevaba en la mano, cuando se me ocurrió hacer el gran experimento. Conseguí escabullirme del hermano mayor que me acompañaba e ir a hacer la Visita a hurtadillas. Encontré la iglesia casi vacía y a los feligreses medio dormidos, nadie me vió. Y en uno de los actos más devotos que recuerdo de toda mi vida, abrí el sagrario y deposité con muchísimo respeto un bocadillo de sardinas. Allí me quedé rezando, para mejor “consagrar” este alimento, ya que a partir de que lo comiera, sería santo y quizá ángel. Cuando vieran los Franciscanos mi descubrimiento, no se comería ya otra cosa y el mundo sería santo como nunca hasta entonces lo habría sido.

En estas llegó un Padre Franciscano a tomar unas  Formas para llevar a los enfermos y encontró con gran sorpresa (y mucho miedo) un “paquete sospechoso” en el sagrario, por lo que lo cerró corriendo, nos hizo salir a todos muy alarmados y se fué volando a llamar a la policía. En el corrillo de la calle se hablaba de la FAI, de los “maquis” y otros recuerdos de algo que había quedado muy, pero que muy atrás. Se rezó en acto de desagravio, se temió lo peor… Sufrimientos innecesarios. Al cabo de un cuarto de hora, se reabría la iglesia, mientras el Padre que había hecho el temible hallazgo se escurría, intentando que no fuera de ver su ataque de risa.

Tuve que dar muy largas explicaciones, incluso reiterarlas hasta el infinito. También las recibí, pedí disculpas y finalmente, se me dieron. Pero tras severas amonestaciones.  Años más tarde, supe que el fraile que había encontrado el bocadillo pensó que era una bomba, que la policía tuvo que “desarticular” el bocadillo, y que esto le produjo un estado de nerviosismo e hilaridad tan fuerte, que en tres dñias hubo de ser relegado, porque no paraba de reir ni de noche.

Postrado a veces ante el sagrario, cuando llevo ya un rato de Visita o tras una Adoración, recuerdo el zumillo de las sardinas y le digo a Nuestro Señor: Lo Tuyo es mucho mejor. Tú sí supiste hacerlo…

El Cuerpo de Cristo nos guarde para la Vida Eterna.

Corpus Christi, 2012

Por Luna

 

 

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junio 7, 2012 at 2:57 pm

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Madre: Aquí tienes a tu hijo

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Entre velas alzadas llevamos a la Madre de Dios en la solemne procesión y vigilia mariana. Los cantos perfuman el ambiente abrasador de la noche más cálida del año, las oraciones aúnan las almas. Los rosarios se desgranan.

Y yo tengo mucho más que me infunde devoción: Asisto con mi familia. Por allí habrá algunos hermanos míos, seguramente los encontraré a lo largo de la velada. Igual no, el gentío es imponente… Pero tengo a mi lado a mi mujer y de mi mano, llevo a mi hija.

Al rezar el mes de mayo, la emoción me embarga. Digo tres veces: “Madre, aquí tenéis a vuestro hijo.” y luego: “En Vos, madre mía, he puesto toda mi confianza y nunca jamás seré confundido”. ¿Lo digo por mí o por Pilar? Hermosa duda, con hermosa respuesta: Por los dos y también por mi mujer.

Y recuerdo la alegría con que le enseñé a mi hija por primera vez, cuando tenía tres semanas. El bultito  de dos palmos que era entonces mide hoy noventa centímetros. Así se acrecienta también mi fe en la Santísima Virgen y mi amor a Ella, mi agradecimiento por todo lo que de Ella recibo y mi admiración por lo poco que me pide a cambio.

No lo digo por no distraer, pero en el fondo, pienso: Madre: Aquí tenéis a vuestra biznieta. Sí, porque ya es la cuarta generación que me acompaña en esta procesión, desde mi abuela, hasta mi hija. Veo que estamos todos unidos, por encima del tiempo, que le doy lo que de otros recibí…

Gracias, muchas gracias por todo. Madre: Aquí tienes a tu hijo. Y como cada noche, os decimos mi hija y yo:

Buenas noches, Vírgen María. Buenas noches, Niño Jeús. Buenas noches, San José. Buenas noches, Ángel de la Guarda.

Por Iñigo Ruiz

 

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mayo 26, 2012 at 11:25 pm

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¿Te lo has planteado alguna vez?

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Aquí tenemos un vídeo que ha elaborado la Conferencia Episcopal, con motivo del día del Seminario. Recapacitemos sobre algunas condiciones de la vida sacerdotal para poder considerar correctamente a quienes la han abrazado, las encontraremos en el audio.

La vocación tiene una fase similar a la del enamoramiento (Que tiene también su parte de vocación). Va madurando, busca y encuentra respuestas para concretarse . Parte generalmente de una idea bastante abstracta y se va ciñendo en una realidad a medida que transcurren el tiempo, los sucesos y conocimientos.

Se equivoca quien piense que se ingresa en un Seminario teniendo una vocación y a partir de ahí, está todo hecho. Saben bien los sacerdotes y seminaristas que esta llamada se acrecienta y revisa a diario, sufre pruebas y tentaciones, dudas o vacilación. Ha de ir destilándose. También es necesario cuidarla y cultivarla.

Saber que hay sacerdotes que dedican tres horas de su tiempo de descanso a la preparación de la homilía, que llevan 17 parroquias o que conducen durante horas para decir una Misa o confesar a un puñado de fieles es siempre una gran noticia. El mismo fruto de la vocación alimenta a la vocación.

Mi enhorabuena a tantos sacerdotes como veo aplicarse en retos que pueden llegar a superarles, sacrificarse hasta lo indecible por su prójimo y por Dios. Mi recuerdo a su labor y toda la colaboración que pueda prestarles.

Aunque no lo tengo por costumbre, post-scriptum: Los sacerdotes son personas como tú y como yo. Tú y yo no hablamos todo el día de temas de fe o de religión, tenemos nuestros alirones futboleros, nuestros ratillos de contar chistes o de hablar de cualquier tema que a ambos nos interese.  Quienes tenemos curas en la familia, sabemos que no debemos agobiarles con la reiteración de temas relativos a su profesión y que ellos agradecen y celebran que tengamos otros tópicos de conversación, porque ni ellos ni nosotros estamos obsesionados con uno.

Por Luna

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marzo 16, 2012 at 10:23 am

Mensaje de Su Santidad El Papa

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«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
(Hb 10, 24)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos(10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011

Benedictus pp XVI

Written by barcelonavida

febrero 12, 2012 at 6:58 pm

Estreno de una gran película sobre Popieluszko

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    al    lado de la Virgen Negra de Czestokowa, donde siempre quiso estar .

Donde estará siempre.          

 

Mártir a los 37 años

Proclamado Siervo de Dios en 2008   

Beatificado en 2010

(Fiesta el 19 de octubre)

En proceso de Canonización como Santo por

la Iglesia Católica     

 

Está ya en preestreno la película “Popieluszko. La libertad está en nosotros”

  

 Conozcamos a Popieluszko y la Polonia en que vivió. Tenemos ya la oportunidad de hacerlo, pues este mes de enero está ya en fase de estreno.

La oportunidad se ha  dedicado a recaudar fondos para AIN (Ayuda a la Iglesia Necesitada), entidad que asiste a los creyentes que sufren por intolerancia religiosa acoso, persecución o martirio. Los espectadores pagarán 10 euros en el preestreno por este motivo, habiendo “Fila 0” para aquéllos que no puedan asistir y deseen colaborar. 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: Popieluszko. Wolnosc jest w nas

Versión española: Popieluszko. “La libertad está en nosotros.”
Año de producción:2009
País:
Polonia
Dirección:
Rafal Wieczynski
Intérpretes:
Adam Woronowicz, Marek Frackowiak, Zbigniew Zamachowski, Radoslaw Pazura, Joanna Szczepkowska, Maja Komorowska, Marta Lipinska
Guión:
Rafal Wieczynski
Música:
Pawel Sydor
Fotografía:
Grzegorz Kedzierski
Duración: 180 min.

TRAILER AQUÍ

Síntesis: Reconstrucción realista y sensible -pero sin adornos- de la situación en Polonia durante la Ley marcial de Jaruzelsky y la valiente lucha por la fe y la libertad que encabeza Solidarnosc enfrontándose a la opresión comunista. Al ver que el régimen se tambalea, la represión encarnizada contra los protagonistas de las protestas adquiere formas secretamente estalinistas.  

En este entorno encontramos al sacerdote Jerzy Popieluszko, decidido a mostrar la Verdad del modo más comprometido, sin miedo a las represalias. Con el lenguaje comedido pero directo, sin que el temor le haga callar, incita a sus compatriotas a buscar la libertad y vivir en la fe.

 

CRÍTICA: 

Se trata de una magnífica película que muestra en qué consiste la auténtica libertad, que implica atenencia a la verdad y rechazo de cuanto sea contrario a la dignidad del hombre. Y vemos cómo, cuando un hombre se adhiere incondicionalmente a los grandes valores (nivel 3 de realidad), al mirar hacia lo alto, queda en situación de abrirse a la Trascendencia (nivel 4). Así, en la historia, comprobamos como varios personajes, con una vida personal desordenada, pero comprometidos con la causa de la justicia y la libertad, se acercan al padre Jerzy para que los oiga en confesión.

(Alfredo López Quintás, Dr. en Filosofía y Letras).

 

  Notoria la reseña de Intereconomía 

Quiero hacer notar un matiz que pone en relieve la filosofía de este pensador: El título para la versión española es “Popieluszko. La libertad está EN nosotros”, se encuentra el error de traducirlo como “está CON nosotros”. Cosiderar esta diferencia es tener una primera toma de contacto y ver desde el principio la capacidad de concreción  y la afinada percepción de la realidad que desvela ante las fábulas que el pueblo polaco está obligado a creer como verdad oficial. El humanismo cristiano, la fe en Jesucristo y la Tradición constituían el contrapunto de los infundios marxistas, por lo que eran verdaderamente temidos por los represores.

 

Cuando “Lolek” (El Papa Juan Pablo II) visita su Polonia natal, congrega a multitudes que  pretextan como pueden su ausentismo laboral o desplazamientos sospechosos para la ubícua policía. Con ocasión del 900 Aniversario de San Estanislao, Patrón de Polonia, Karol Wotjila dedica a su patria unas jornadas, del 2 al 10 de junio de 1979. En este momento, interesa más vivir y sentirse vivo que producir como una pieza más de la engrasada maquinaria comunista, porque la Verdad de la Trascendencia humana se percibe como algo más necesario que el cumplimiento de portulados políticos que nunca fueron aceptados. El Santo que quiere ser cada polaco se une en comunidad con otros cientos de miles en la Plaza de la Victoria de Varsavia. Pascua de Resurrección.

 

Su Santidad dice una brillante homilía que llega al espíritu de cada ciudadano, en donde se registra exactamente lo mismo que él está diciendo. Polonia ha despertado con sus palabras.

“No es posible entender sin Cristo la historia de la nación polaca”, recuerda.  

 

No hay documentos gráficos que cubran la noticia con la necesaria amplitud. Los periódicos, la radio y  TV estaban censurados, por lo que no podían dar vistas panorámicas de esta inundación de fervor que en cuerpos y almas anegó la ciudad. Quienes pretendieron sustituir a los medios oficiales contaban con escasos equipos y su “artesanía” no bastaba para aquellos requisitos.

Como la hierba que tras permanecer en letargo bajo gruesas capas de hielo hivernal aflora con alegría a la llegada del deshielo. Así se sentían ellos.

 

Al mundo entero se le ocultaron las consecuencias de este viaje apostólico tan temido por la policía, pero el 20 de agosto de 1980, Juan Pablo II hizo pública la situación de Solidarnosc. Vimos entonces a Lech Walessa amenazado con el despido (y sus consecuencias) si saltaba una verja para seguir una manifestación por la libertad. Y LE VIMOS SALTAR. Toda una estampa, junto con la caída del muro de Berlín. Son las imágenes de la historia que quedarán grabadas para siempre en el recuerdo de quienes las hemos visto, que revivimos con ése emocionado “estoy con vosotros, hermanos”.

 

Y TRAS LA VERJA, ESTABA LA LIBERTAD.

 

Primero el nazismo, luego el comunismo. Polonia llevaba demasiados años de sonambulismo obligado, demasiada estrechez para un alma tan grande. No cabía en este marco. A Walessa se unieron un puñado de valientes que desafiaban a la suspicaz policía política y aun a su espionaje, que preciaban la Verdad más que su vida misma. Se iniciaron en la clandestinidad y siguieron en la persecución. En ella estaban cuando se unió a este grupo Jerzy Popieluszko.

 

Siempre veraz, con audacia y ponderación a la vez, este sacerdote dejaba bien claras las cosas en sus homilías. El Magisterio no puede ser allanado por una institución política y él lo sabía. Todo el país escucha sus sermones emitidos por Radio Free Europa. Todo el país siente lo mismo, pese a estar sometido a un brutal (e ilegal) “estado de excepción de Jaruzelsky.”

 

Y LLEGA LA RESPUESTA COMUNISTA

 

El 23 de octubre de 1984 se produce un “accidente” de tráfico que buscaba acabar con la vida de Popieluszko mediante un atropello. Sale con vida de este trance, por lo que es necesario maquinar otra manera de hacerle desaparecer del escenario. Tanta voluntad popular resulta intolerable para el Gobierno. El día 19 del mismo mes y año (No ha pasado todavía una semana), tres policías secuestran al sacerdote, le dan una paliza de miedo y le torturan. Arrojan su cuerpo sin vida al Vístula y es encontrado en la población cercana de Wloclanek a los once días, tiempo en que todos se preguntaban por qué estaba faltando a la radio y los oficios, suponiendo lo peor.

 

A su funeral asistieron más de 250.000 personas, que en lo más profundo, tomaban su relevo. Por esto es libre Europa y Asia de la URSS.

 

Dios concedió a su anciana madre larga vida, para que viera a Jerzy beatificado. Hacía pocos días que había cumplido cien años.

 

El compositor Andrzej Panufnik concibió un concierto de fagot en su honor.

Por Iñigo Ruiz

 

 

 

 

 

 

Written by barcelonavida

enero 30, 2012 at 11:39 pm

La oración pura del señorito Críspulo

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Queridos Reyes Magos:

Aproximándonos a la vigilia de la Epifanía, me mueve vuestra graciosa magnanimidad a elevaros una petición, en la confiada seguridad de que no va  a ser rechazada.

Movido por el ejmplo y el anhelo de mejor servir a Dios, quiero que me otorguéis la alegría y pureza de corazón que tuvo el señorito Críspulo, como podemos ver en la película inolvidable “La gran familia”.

Empleo por última vez el manido sistema de internet, comprometiéndome en adelante a usar sistemas tan personalizados como el de este niño para llegaros con todo el afecto. Concededme la visión de lo esencial dentro de mi familia y permitid que siempre vea su belleza.

Quisiera que un día viérais a Dios en mis ojos, como sabríais  reconocerlo cuando sucediera, acostumbrados como estáis a tratar con Jesús. Dadle mis mejores deseos y especial agradecimiento por la renuncia total que significó su vida, siempre orientada a Dios Padre y a nuestra Redención. A Él le llevaréis oro, incienso y mirra. Depositad junto al pesebre mi intención de servirle y escucharle, lo más grande que puedo ofrecerle.

Quedo agradeciendo vuestra dedicación, entregada a la mejor causa y no puedo despedirme sin decir al Rey Gaspar que su visita de ayer al Ministerio de Sanidad constituyó un acto significativo que promoverá sin duda el propósito de enmienda de este nuevo Gobierno.

Aprovecho la presente para expresar los presentes que desea mi hija Pilar, enumerados como:

-Ás, Ás,Ás.

-Un, un, una, una.

-Juguetes, chorito, zapato.

-Peta zeta, camelo,sopa patano,tigutí.

Afectuosamente: Luna.

Written by barcelonavida

enero 5, 2012 at 12:18 pm

Mañana veréis entre vosotros la majestad de Dios

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“Mañana veréis entre vosotros la majestad de Dios”

 
 

(SERMÓN QUINTO  DE SAN BERNARDO)

 

Sobre la antífona:

 “Santificaos hoy y estad preparados, que mañana veréis en vosotros la majestad de Dios”.  

 
  
Antiguamente, antes de recibir los mandamientos divinos; el Israel carnal se santificaba mediante observancias exteriores, abluciones diversas, dones y sacrificios; que no podían transformar la conciencia del que practicaba el culto. Todo esto pasó ya. Ahora ha llegado el momento, y ya estamos en él, de poner las cosas en su Punto. Ahora ya se os exige una santidad total, un lavado interior, una pureza espiritual, según las palabras del Señor: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
  
Para esto vivimos, hermanos. Para esto se nos ha llamado, para esto se nos concede este gran día. Antes era de noche, y nadie podía trabajar en estas cosas. La noche cubría el mundo entero antes de despuntar la luz verdadera, antes del nacimiento de Cristo. La noche se extendía sobre cada uno de nosotros antes de nuestra conversión y regeneración interior.
   
¿No se cernían sobre la superficie de la tierra una noche muy profunda y densísimas tinieblas cuando nuestros padres rendían culto a ídolos de madera y adoraban sacrílegamente a leños y piedras? ¿No éramos también nosotros una noche espantosa todo ese tiempo en que hemos vivido sin Dios, arrastrados por nuestros bajos deseos, cediendo a los atractivos rastreros, contemporizando con las seducciones del mundo y esclavizándonos a pecado cómo perversos servidores de la iniquidad?
 
Y ahora, con justa causa, nos avergonzamos de todas estas obras de las tinieblas. Dice el Apóstol que los que duermen, duermen de noche, y que los borrachos, se emborrachan de noche. Eso erais vosotros. Pero os han despertado, os han consagrado. Con tal que seáis hijos de la luz y del día, y no de la noche ni de las tinieblas. El heraldo de este día es también el mismo que advierte: Sed sobrios y estad despiertos. Y dijo a los judíos en la fiesta de Pentecostés refiriéndose a sus condiscípulos: ¿Cómo es que éstos pueden estar borrachos siendo media mañana? Pablo viene a decir lo mismo: La noche está avanzada, el día se echa encima. Dejemos las obras propias de las tinieblas y pertrechémonos como en pleno día. Nos dice que nos sacudamos de las actividades de las tinieblas, las somnolencias y las borracheras, porque, como ya hemos recordado, los que duermen, duermen de noche, y los borrachos, se emborrachan de noche. No nos adormilemos de día. Caminemos con decoro y nunca embriagados.
 
Si ves a una persona que cabecea frente a cualquier obligación, todavía es presa de tinieblas. Si adviertes que otro se encuentra ebrio de amargura, azuzado por la curiosidad, nunca cansado de ver y oír, apegado al dinero o a todo lo que se le parezca, encontrarás su modelo en el hidrópico, siempre insaciable. Es hijo de la noche y de las tinieblas. No se disocian fácilmente estos dos aspectos, pues, según la Escritura, el holgazán desea mucho; quiere decir que en su borrachera se siente somnoliento. Por tanto, dejémonos santificar hoy y dispongámonos. Dispongámonos hoy sacudiendo la pesadez de la noche. Y ya santificados, vivamos de día, evitando la borrachera nocturna, manteniendo la brida de la comezón dañina. La ley entera y los profetas penden de estos dos mandamientos: apartarse del mal y obrar el bien.
  
Estos planteamientos son para hoy, pues mañana no habrá ya santificación ni preparación, sino únicamente visión de la majestad. “Mañana -dice- veréis la majestad de Dios en vosotros.”Es lo que dijo el patriarca jacob: “Mañana responderá mi justicia.” Hoy se honra a la justicia y mañana responderá. Hoy la práctica, mañana el fruto. Y como no hay cosecha sin siembra, tampoco se dará visión de la majestad si ahora se desprecia la santidad. No despuntará el Sol de la gloria en quien no hubiese aparecido el Sol de justicia. No amanecerá el mañana para quien no amanece hoy. El mismo a quien Dios Padre hizo para nosotros hoy justicia, aparecerá mañana como vida nuestra, para que nos manifestemos gloriosos con él. Hoy nace para nosotros un niño, para que no vuelva el hombre a ensalzarse, sino a convertirse sinceramente y hacerse niño. Mañana aparecerá el Señor en su grandeza y muy digno de alabanza, para que también nosotros mismos quedemos envueltos en la alabanza cuando cada uno sea alabanza de Dios. A quienes ha justificado hoy, mañana los ensalzará. Y a la perfección de la santidad sucederá la visión de la majestad. No será una visión engañosa, porque estriba en la semejanza: Seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es.
 
De aquí que no se diga simplemente: “Veréis la majestad de Dios”, sin añadir con acierto: “en vosotros”. Hoy nos vemos en Él como en un espejo cuando asume lo nuestro; mañana lo veremos en nosotros cuando ya se nos haya dado, mostrándosenos y asumiéndonos en sí mismo. Prometió que se pondría a servirnos, y que hasta entonces recibiríamos de su plenitud no ya una gloria correspondiente a la suya, sino una gracia que corresponda a su don, como está escrito: El Señor concede la gracia y la gloria.
 
Por tanto, no desprecies estos favores si quieres alcanzar los otros. No rechaces el primer manjar si quieres gustar los postres. No rechaces la comida por los platos en que te la sirven. El Pacífico se ha convertido en manjar incorruptible, ciñéndose un cuerpo sin corrupción para servir en él los manjares de salvación. Por eso dice: “No dejarás a tu Santo conocer la corrupción.” Es aquel Santo de quien Gabriel dice a María: El que va a nacer de ti será santo, lo llamarán Hijo de Dios.
  
Seamos hoy santificados por este Santo para contemplar su majestad cuando despunte aquel día, porque hoy es un día consagrado al Señor, día de salvación. Pero no de gloria ni de felicidad. Y mientras se celebra la pasión del Santo de los santos, que sufrió en el día de Parasceve, esto es, en el día de la preparación, se exhorta a todos : Santificaos hoy y estad dispuestos. Santificaos cada vez más, progresando de virtud en virtud, y estad dispuestos por la perseverancia.
 
¿Con qué medios nos santificamos? He leído de alguien en la Escritura que lo santificó por la fidelidad y la mansedumbre. No es posible agradar a los hombres sin mansedumbre, ni a Dios sin la fe. Con razón se nos exhorta a disponernos, mediante estas dos actitudes; para estar de acuerdo con Dios, cuya majestad hemos de contemplar, y para contemplarla también en nosotros. Por este motivo, andemos solícitos por quedar bien no sólo ante Dios, sino también ante los hombres. Así podremos agradar a nuestro Rey y a nuestros vecinos y hermanos.
   
Ante todo, debemos buscar la fe. De ella se dice: Ha purificado sus corazones con la fe. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Fíate de Dios; encomiéndate a Él; arroja sobre Él todos tus afanes, y Él te sustentará. Así podrás decir confiadamente y seguro: El Señor cuida de mí. Ignoran esto los egoístas, los resabidos, los interesados, los amigos del placer, los sordos a la voz del que exclama: Descargad en Dios todo agobio, que a Él le interesa vuestro bien. Fiarse de sí mismo no es fe, es infidelidad; como confiar en sí mismo no es confianza, sino desconfianza.
 
Fiel es aquel que no cree ni espera en sí mismo; se hace como un cacharro inútil. Desprecia la propia existencia en el mundo para conservarla en una vida sin término. Esto sólo lo obtiene la humildad de corazón, pues el alma fiel nunca se apoya en sí misma, se abandona, más bien, a sí misma, y sube desde el desierto apoyada en su amado y rebosando en delicias.
  
Para  que  la  santificación  sea  perfecta,  necesitamos aprender del Santo de los santos su sencillez y el gusto por la convivencia: Aprended de mí, que soy sencillo y humilde. ¿Qué nos impide afirmar que un hombre tal rezume delicias? Es bueno, sencillo y misericordioso; se hace disponible para todos; está saturado de ese ungüento de sencillez y dulzura con el que embriaga a todos. Vive tan rebosante, que parece destilar por todas partes. Dichoso el que se encuentra preparado por esta doble santificación y puede decir: Dispuesto esto , Dios mío; dispuesto estoy. Hoy ya tiene su fruto en la santificación; mañana logrará su meta en la vida eterna. Porque contemplará la majestad de Dios, que es la vida eterna, como se expresa la Verdad: Esta es la vi a eterna, reconocerte a ti romo único Dios verdadero, y a tu enviado jesucristo. El Juez justo le premiará con la merecida corona en aquel día sin ocaso. Entonces verá e irradiará alegría; se admirará y se ensanchar: su corazón. ¿Hasta dónde? Hasta contemplar en sí mismo la majestad de Dios. Mas no penséis, hermanos, que pueda explicaros con palabras el contenido de esa promesa.
 
Santificaos hoy y permaneced dispuestos; mañana veréis y os alegraréis, y vuestra alegría será total. ¿Qué puede deja vacío esa majestad? Colmará y hará rebosar, cuando se derrame en nuestros senos, una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Tanto rebosará que excederá en sublimidad los méritos y deseos, pues él es capaz de realizar en nosotros algo muy superior a nuestra comprensión y esperanza. Nuestros deseos se centran fundamentalmente en tres puntos : la permisividad, la conveniencia y el placer. Esto es lo que deseamos. Todo el mundo coincide aquí, con diferencias de matices. Uno se inclina más hacia el placer, sin fijarse tanto en la permisividad ni en la conveniencia. Otro más en el interés, dejando de lado la permisividad y lo placentero. El de allí no se preocupa ni de lo placentero ni de lo permisible  sólo busca la honra. No se condenan los deseos, pero busquemos las cosas donde las podemos hallar. Todo esto, cuando es verdadero, es uno y el mismo bien sumo, gloria suprema, conveniencia soberana, deleite culminante. Y estas cosas, que en la vida podemos alcanzar, constituyen nuestra espera y la promesa de contemplar la majestad en nosotros para que Dios sea todo en todos nosotros : todo gozo, todo conveniente, todo permisible.
 
Y tú, Sinagoga impía, nos alumbraste a este hijo ejerciendo la misión de madre; pero sin el cariño materno. Lo arrojaste de tu seno; lo expulsaste fuera de la ciudad y lo pusiste en alto, como diciendo a la Iglesia del mundo pagano y a la más antigua que ya está en los cielos : “Ni para mí ni para ti; que se divida”. Dice que se divida no entre las dos, sino por ambas. Expulsado y levantado un poco, lo suficiente para que no se halle dentro de tus muros ni en tu tierra; lo estrechaste por todos los costados con hierro para que no se inclinara a parte alguna.
 
De este modo separado de ti, no vendría a ser de nadie. Madre alevosamente cruel, quisiste engendrar un aborto, para que no se pudiese recoger lo que tú habías arrojado. Mira el provecho que has sacado; mejor, fíjate que no has hecho nada. De todos los rincones salen las muchachas de Sión para ver al rey Salomón con la rica corona que le ceñiste. Dejando a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Expulsado de la ciudad y levantado de la tierra, tirará de todas las cosas hacia sí el que es Dios soberano, bendito para siempre.
 
Amén.

Written by barcelonavida

diciembre 23, 2011 at 10:56 pm